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viernes, 22 de febrero de 2008

MIS BENEFACTORES

Todas las mañanas reviso mi correo con la ansiedad de un ansiolítico, la premura de un renco y la excitación que me provoca la vista de un solar con una caca de chucho por todo mobiliario. Cierto es que poseo numerosas cuentas que me proporcionan una ingente cantidad de literatura, pero normalmente hago caso omiso y les doy boleta con un arrastre de ratón que ya quisieran las mulillas de las ventas tirar del muerto con tanto arte.
Todas las suscripciones que he ido sumando a lo largo de los años acumulan en mis carpetas material suficiente para tenerme entretenido durante más horas de las que dispone el día, pero no soy fácil de conformar y aquello que hace años me pareció interesante, me resulta ahora tedioso como un gorigori en el entierro de la sardina.
Suministros industriales, clubes de compras, coches deportivos, cotizaciones en bolsa y revistas mil, acaban en la misma papelera en la que vierto la diligencia necesaria para ordenarles que me borren, que no doy abasto.
Hace ya tiempo que me veo gratamente sorprendido con una profusión de mensajes que me hacen creer que soy el tipo más afortunado del planeta. Todos los días, y digo todos, por fas o por nefás, soy agraciado con numerosos premios de la lotería. De entre millones de direcciones de correo, las mías siempre tocan desde todos los lugares del mundo. United Kingdom, Australia, los Estados Unidos de América, Singapur y Hong Kong me comunican mi buena suerte en un festival de premios que nunca bajan del millón de dólares y llegan hasta los treinta. Hoy, sin ir más lejos, he pillado venticuatro kilitos.
También recibo angustiosos mensajes de gente desgraciada que requiere de mi ayuda para sacar de su país grandes sumas depositadas en oscuros bancos de países africanos, donde un albacea testamentario, necesita de un experto en finanzas como yo, para ganarme un dineral con el único esfuerzo de mi firma y el número de mi cuenta corriente. Mi fama como gestor está llegando a los más remotos lugares del planeta.
Lo curioso del caso es que no recojo los premios ni los apremios. La razón: porque soy asquerosamente millonario. Para mí, un millón es el gasto diario en el queroseno de mis aviones, el caviar beluga que comen mis gatos o el dispendio que reparto en propinas a los crupieres de cualquier casino. Esos angustiosos mensajes subsaharianos no saben que los capitales retenidos lo están porque así lo decido yo, que soy dueño de todos los bancos de Marruecos para abajo, que los sorteos me tocan a mí porque manipulo casi toda la información mundial, que influyo decisivamente en el precio del oro comprando y vendiendo mis propias reservas, que la bolsa de Nueva York o la de Tokio, suben y bajan a mi antojo, que el petróleo está así de caro porque he comprado las reservas mundiales hasta el 2.025…
- ¡Marido!
- Zzzzzz
- ¡MARIDO!
- ¿Qué pasa, qué pasa?
- Que te llaman de hacienda. Tienes que pagar la contribución del año pasado.
- Diles que mañana sin falta. He comprado un cupón de los ciegos que toca seguro, y si no, responderé a un correo de UK Lottery o a un individuo de Burkina Fasso que me jura un buen pellizco si le doy el número de cuenta.
- Pues como lo quiera para timarte, va apañado, que han devuelto el recibo del gas porque en vez de descubierto lo tienes en pelotas.
- Marditos roedores.